martes, 12 de mayo de 2009

Barcelona, utopía hotelera

(Masala, “Turisme XXL” mayo-junio de 2009)


Dentro de no muchos años la transformación de Barcelona en simulacro de ciudad se habrá por fin cumplido. Ciutat Vella, que es ya un inmenso decorado turístico, se fusionará con el Poble Espanyol de Montjuic y nadie sabrá reconocer la diferencia, ni distinguir ni recordar lo falso de lo auténtico.

Hay que reconocer que tampoco en esto Barcelona habrá conseguido ser original. Habrá simplemente importado las peores experiencias vividas por numerosos centros históricos europeos, después de su transformación en rentables y aburridos enclaves para turistas.


Un paseo por las calles del Barrio Gótico es hoy en día una experiencia que tiene mucho en común con la visita de una escenografía de los spaghetti-western que se conservan en algún rincón de Almería. El decorado que se construyó para las películas de Sergio Leone es una sucesión de fachadas que comunican la idea de un poblado en medio de un desierto. El mismo mecanismo funciona en el Casc Antic, que no es más que una composición de distintas piezas ensambladas para transmitir el efecto de “antiguo” y “gótico”. Si además hay mercadillo medieval, la impresión de encontrarse en un espectáculo de parque temático es completa.

Poco importa que en realidad los arquitectos que operan en esta ciudad hayan desde hace tiempo hecho limpieza de lo auténticamente histórico que quedaba, en muchos casos vaciando hasta las vísceras los edificios, substituyendo madera y ladrillos por aluminio y pladur, y optimizando hasta los limites permitidos por la normativa las alturas y las plantas. Una arquitectura que, cuando se relaciona con el patrimonio histórico, tiene más que ver con la taxidermia. Un barrio que simula ser antiguo, pero que en realidad no lo es.


El caso de la finca modernista delante del Palau de la Música es paradigmático. El primer proyecto realizado por el arquitecto Óscar Tusquets, autor también de la ampliación del mismo Palau, preveía la demolición de tres fincas catalogadas de Sant Pere més Alt, para construir un hotel y un aparcamiento. La Comisión de Patrimonio de la Generalitat rechazó el proyecto y lo que ocurrirá con toda probabilidad, será la conservación de las fachadas y la construcción del hotel. Un bastidor más del aparato escenográfico en que se está convirtiendo el barrio. ¡Qué idea tan peculiar de Patrimonio tienen los expertos de la Generalitat para valorar de un edificio histórico solo la fachada y no su conjunto!


La misma suerte le ha tocado a El Molino del Paralelo. Después del vaciado de las entrañas operado por el arquitecto Josep Bohigas, no queda ahora nada más que la fachada, tenida de pie por unas cuantas muletas. Y el Paralelo se convertirá, como se decía en el número precedente de Masala, en otro eje turístico, esta vez especializado en el espectáculo. Una emulación de Broadway, según las palabras de los promotores de la reforma.


Una de las características de la simulación en lo urbano, es que en realidad no se tiende a copiar el original, cuando existe, sino otras simulaciones. Y en la ciudad de Barcelona se hace lo mismo. El Paralelo quiere copiar a Broadway y Times Square, olvidando que este distrito de Nueva York ya no existe. La Disney Company lo reurbanizó en los años 90, transformándolo en otro lugar tematizado. El mismo caos de rótulos, imágenes y sonidos es un intento de reproducir el efecto caótico que tuvo que tener la zona en otros tiempos, atmósferas más sórdidas y decadentes. El Paralelo será la copia de una copia.


Una ficción más. En la calle d’Elisabets, a la altura de la Central, la Camper ha abierto hace no mucho un nuevo bar. El local ocupa el mismo sitio donde los vendedores de zapatos habían intentado otro experimento: vender bolas de arroz coloreadas a los turistas. El experimento fracasó y así se le ocurrió otra idea. El nuevo local se llama “Dos palillos” y se podría considerar una versión fashion del típico “bar de toda la vida”. Una versión en este caso, azucarada y limpia, de uno de estos locales amarillentos y con olor a fritanga que se encuentran en todos los barrios (excepto en Pedralbes). Los asientos son cajas para botellas. Los materiales simulan haber sido elegidos hace unos treinta años, carpintería de aluminio, lamas de vidrio para ventilar, un falso techo cutre, sin tapa, como si se lo hubieran dejado abierto después de un arreglo de emergencia o por alguna cañería reventada. Está claro que la ficción y la simulación eliminan todo lo que no encaje en esta versión amable y popular de la arquitectura. En esta reproducción del típico “bar de toda la vida” falta solo lo que menos les importa, la gente.