viernes, 18 de septiembre de 2009

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Elegía por los mercados de Barcelona

Todavía no habían concluido las obras de reforma del mercado de La Llibertat, en el límite occidental del barrio de Gràcia, cuando se iniciaban las del mercado de Sant Antoni, el mayor de Barcelona. El solapamiento temporal de ambas obras, junto con las inminentes remodelaciones del mercado de Sants y el del Ninot, son prueba de la vitalidad de la que goza la campaña de renovación integral de mercados municipales que, desde principios de los años noventa, promueve el Institut Municipal de Mercats de Barcelona (IMMB). A lo largo de estos años, ya han sido remodelados un buen número de edificios, entre los que destacan el de la Boqueria, el de Santa Caterina, el de la Concepció y el de la Barceloneta. Pero este proceso no consiste únicamente en la recuperación del patrimonio arquitectónico, sino en una profunda transformación de su función, su sentido y su relación con la ciudad.


En comparación con otras ciudades europeas, en Barcelona es sorprendente la profusión de mercados cubiertos, sobre todo de aquellos que lo están mediante bellas y diáfanas estructuras metálicas construidas entre el último tercio del siglo xix y el primero del siglo xx. Como bien explican Manuel Guardia y José Luis Oyón (1), esta abundancia responde antes a circunstancias históricas que a razones climáticas o culturales. Al igual que Madrid, Barcelona se lanzó a la construcción de estos equipamientos públicos con algo de retraso, siguiendo de lejos los pasos de otras ciudades como París o Londres. Contagiados del espíritu ordenador e higienista de los ingenieros decimonónicos, los gobiernos municipales levantaban estas grandes cubiertas metálicas sobre antiguas plazas o en terrenos eclesiásticos desamortizados, con el fin de garantizar a la ciudadanía el abastecimiento de alimentos en buen estado y a precios razonables, pero también para regular la caótica espontaneidad del comercio medieval y para asegurarse el cobro de los impuestos que esta actividad generaba. Pero con el tiempo, estas estructuras fueron desapareciendo en todo el continente, ya fuera bajo los devastadores bombardeos de las dos guerras mundiales, ante la feroz competencia de otros modelos comerciales o a consecuencia de políticas liberales que habían dejado de ver oportuna la regulación de las actividades mercantiles por parte del Estado. Contrariamente, la España franquista apostó decididamente por este tipo de comercio, que protagonizó una expansión inusual en comparación con el contexto europeo.


Los mercados han seguido funcionando en Barcelona como auténticos espacios públicos, generadores de centralidad y dinamismo en los barrios que los acogen y verdaderos lugares de encuentro y de relación social. No es casual que, en catalán, al mercado municipal se lo conozca también como “la plaza”. Sus cubiertas, que les atorgan un alto grado de representatividad, evitan la incidencia directa del los rayos solares y están notablemente elevadas, de modo que en verano el aire caliente, más ligero que el frío, asciende y se aleja del plano de exposición de los alimentos. Los negocios a los que dan cobijo, están regentados por familias que se transmiten el oficio de generación en generación. Sus productos frescos se venden sin envases de plástico y obedeciendo a la lógica estacional de los cultivos y dando lugar a la riqueza y la variedad de la cocina de mercado. Se trata de un comercio de proximidad al que la mayoría de clientes acude semanalmente y a pie.

Salvo contadas excepciones, las reformas promovidas por el IMMB implican la incorporación de nuevas funciones, con el pretexto de "modernizar" y "actualizar" los mercados municipales. La enorme cantidad de metros cúbicos de aire que hay bajo las altas cubiertas preexistentes es climatizada, con el consecuente despilfarro energético que ello supone. Se excava el subsuelo y se construyen algunas plantas de aparcamiento, hecho que implica el aumento del tráfico de vehículos privados en tejidos urbanos densos y céntricos. Se permite la instalación de franquicias de productos muy variados: moda, calzado, electrodomésticos, restaurantes. Se ofrecen servicios de entrega a domicilio, se instalan cajeros automáticos, se permite la compra con carros de supermercado, se reserva una gran superficie a los grandes operadores privados. Estos operadores exigen la ampliación de los horarios de apertura del mercado, algo difícilmente asumible para los pequeños negocios familiares. El cliente que se intenta atraer a través de las habituales técnicas de marketing, es muy distinto del antiguo usuario del mercado municipal. Con toda probabilidad una familia, a la que se ofrece una plaza de aparcamiento en el centro, y un espacio con las mismas características de un centro comercial: climatización, usos mixtos, vigilancia, seguridad. Todo esto en el corazón mismo de la ciudad.


Según Jordi William Carnes, presidente del Institut Municipal de Mercats de Barcelona (2), la campaña de renovación del IMMB tendría como objetivo la recuperación de un “protagonismo ahora insuficiente”, la apuesta para que vuelvan a ser “espacios cívicos de convivencia”, ejes fundamentales de “centralidad sociales, cívicos y culturales de la ciudad”, y el proyecto de reforma se movería según la intención de integrar “tradición y poder de atracción ciudadana y vocación de servicio que ofrecerían las nuevas tecnologías”. Todas ellas características que los nuevos proyectos incorporarían. Las exigencias funcionales de estos proyectos de rehabilitación tienen un modelo muy claro: el centro comercial en el extrarradio de la ciudad. Resulta paradójico que para reformar un elemento urbano, se acabe por utilizar un modelo suburbano (el centro comercial) que, a su vez, se proyectó inspirándose en un espacio urbano (el centro de una ciudad, con sus calles peatonales, sus plazas). El mercado municipal, antigua “plaza cubierta”, acabará así convertido en otro espacio privatizado de la ciudad. Después de esta transformación, lo único que quedará del antiguo mercado será la imagen de espacio tradicional, pero vaciado de todo sentido.


(David Bravo, Daniele Porretta, publicado en Masala, septiembre-octubre 2009)



(1) Guàrdia Bassols, M. Oyón Bañales, J.L., Los mercados públicos en la ciudad contemporánea. El caso de Barcelona, Biblio 3W, Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales , Universidad de Barcelona, Vol. XII, nº 744, 25 de agosto de 2007. http://www.ub.es/geocrit/b3w-744.htm


(2) Salutació, en www.mercatsbcn.com