martes 28 de diciembre de 2010

Barcelona y el urbanismo del miedo


Articulo publicado en el periodico Diagonal, del 23 de diciembre de 2010 al 5 de enero de 2011

El urbanismo contemporáneo se halla profundamente marcado por el miedo. La sensación de inseguridad, en gran medida relacionada con la microcriminalidad, es hoy generalizada en las sociedades occidentales y ha acabado produciendo en los EEUU y en Latinoamérica la fuga creciente de las clases medias-altas hacia espacios vigilados y seguros situados en el extrarradio de las ciudades tradicionales. Así hemos asistido a la proliferación de urbanizaciones cerradas (Gated communities), ciudades “fortalezas” o “privatopías” según el término creado por Mckenzie -lugares cerrados, vallados y sobre todo homogéneos desde el punto de vista social-. Este fenómeno ha acabado trasformando el territorio en un archipiélago de islas protegidas y tecnológicamente vigiladas. En este mismo orden, las desigualdades sociales producidas por el neoliberalismo tienen su traducción espacial en un urbanismo de tipo “medieval” donde las ciudades son proyectadas para resistir a un asedio exterior, se edifican rascacielos como si fuesen torres medievales y más recientemente, se utiliza la tecnología para sustituir murallas, fosos y puentes levadizos. No parece que España haya quedado al margen de este fenómeno global y en esta última década ha ido edificando sus propias utopías seguritarias.

Todos estos fenómenos no son recientes aunque los proyectos se hayan ido multiplicando a lo largo de la última década de manera proporcional al aumento de las desigualdades producidas por el sistema neoliberal. Lo novedoso sin embargo, es que se ha convertido en el modelo habitual también para impulsar la transformación de la ciudad histórica favoreciendo arquitecturas que hacen hincapié sobre todo en la fortificación y la vigilancia, procesos de privatización de los espacios públicos y un control siempre más invasivo sobre los ciudadanos.

Barcelona es una ciudad ejemplar de este proceso. Hay ejemplos que se pueden constatar con facilidad como el barrio de lujo Diagonal Mar, una operación inmobiliaria de la compañía Hines (Texas,) que se ordena como un conjunto de torres hiperprotegidas, rodeadas de espacios verdes y calles a los que se ha “vaciado” de contenido urbano. A partir de las ultimas horas de la tarde el barrio es abandonado por sus únicos habitantes visibles, los empleados de las oficinas del 22@, y queda sin vida aparente. A poca distancia de este, se encuentra el “Parc de Poblenou” de Jean Nouvel, un espacio cerrado y rodeado por un muro, un "parque de concentración" según las palabras de Josep Maria Montaner. También se verifican preocupantes políticas públicas en la inauguración de nuevas plazas "cerradas", como la del barrio de Gracia dedicada a "les dones del '36". Un espacio rodeado por una alta valla de acero y de acceso restringido. En este caso, la excusa de la construcción de una plaza semi-privada, sirvió sin lugar a dudas para justificar el alto precio de las nuevas viviendas de lujo que la rodean.

Sin embargo, es el espacio público del centro histórico de la ciudad el que está siendo objeto de la remodelación más profunda y radical. Se acaba de hacer público el cierre nocturno del entorno del mercado de la Boquería, cerca de la Rambla. En su perímetro se instalará una valla con ocho puntos de acceso exclusivo para vecinos y servicios de emergencia a través de una llave o de una tarjeta de seguridad. La noticia no ha sido una sorpresa para nadie ya que fue precedida por una campaña mediática sobre la degradación del espacio público de Ciutat Vella, imposible de controlar e invadido por prostitutas, sin techos y los llamados "nómadas urbanos". Como esta “intervención”, son previsibles otras similares en otros lugares que ya en el pasado se encontraron bajo el foco de los mass media como la plaza Vila de Madrid, plaza Urquinaona, etc.

El cierre de una plaza o de una calle representa solo una de las medidas "seguritarias" que están siendo utilizadas en estos tiempos. El centro histórico en su totalidad está siendo remodelado según las técnicas del llamado "urbanismo preventivo", un conjunto de patrones para diseñar los espacios urbanos que incluyen los bancos anti-indigentes con apoyabrazos cada 50cm que impiden utilizarlos para dormir, las pig ears -grapas para que los skaters no puedan patinar-, pinchos y discos de hierro en los rincones de las calles, plazas "duras" de las cuales han sido eliminadas todas las superficies susceptibles de ser utilizadas para sentarse, criterios panópticos en el diseño de los nuevos espacios públicos, etc. A estas técnicas hay que sumar las medidas policiales, las multas por incumplimiento de la Ordenanza del Civismo (2006) y la coordinación con otros servicios públicos como el de limpieza, que riega constantemente las plazas.

La clave para explicar la urgencia de este plan de aniquilación de la vida urbana hay que buscarla en el aumento de la visibilidad en las ciudades como Barcelona de manifestaciones de pobreza extrema, algo incompatible con la imagen de ciudad moderna, segura y acogedora que impone el marketing para turistas e inversores foráneos. Tampoco es compatible con el proceso de transformación de su centro histórico en centro comercial a cielo abierto, lugar de consumo perfecto y seguro dotado de dispositivos que seleccionen automáticamente a sus usuarios. Estos “filtros urbanísticos” dejarían pasar solo lo deseado, los consumidores, y rechazarían lo molesto, indigentes, adolescentes, etc. Mientras por el momento se utilizan técnicas sencillas, hay que esperar su refinamiento en un futuro no muy lejano con la utilización de tecnología avanzada como la del mosquitono, un aparato bastante común en el Reino Unido, que emite un silbido perceptible solo para el oído de los adolescentes y que les resulta sumamente molesto hasta obligarlos a alejarse.

Pareciera que las administraciones hayan encontrado en el diseño urbano y en la tecnología la alternativa a las políticas sociales. El espacio publico será en breve reducido a un lugar de transición entre espacios privados, donde será imposible practicar cualquier actividad que no consista en un sencillo desplazamiento. Y cuando ya no quede vida en las calles, entonces por fin nuestras ciudades se habrán convertido en un lugar peligroso.