sábado, 24 de marzo de 2012

El gran espectáculo de la destrucción urbana (parte I)

Ciudades en ruina

Creí que teníamos más tiempo

(2012, de Roland Emmerich)


The World, the Flesh and The Devil, Ranald MacDougal, 1959

Desde sus inicios, el cine se ha dedicado a retratar la ciudad, sea esta real o imaginaria. La noche del 28 de diciembre de 1895, cuando los primeros espectadores de la historia del cine, asistieron al espectáculo que los hermanos Lumière habían organizado en el Salon indien du Grand Café de París, las primeras imágenes en movimiento captadas y reproducidas fueron las calles y las plazas de la ciudad. Así, los espectadores de París, por el módico precio de un franco y sin necesidad alguna de desplazarse, pudieron observar la salida de los obreros de la fábrica de rue Saint-Victor de Lyon, el desembarco de los congresistas en Neuville-sur-Saône o la llegada del tren a la estación de La Ciotat. A partir de estas primeras escenas en movimiento, la ciudad se convirtió en el lugar privilegiado para las ambientaciones cinematográficas: los keen-eyed men (los ojeadores), serían los encargados de buscar los mejores exteriores para las filmaciones y en muchos casos, tanto edificios como escenarios urbanos más complejos, serían representados sobre telones de fondo de escenarios, o reconstruidos en grandes sets de filmación que la nueva industria iría levantando a lo largo y ancho del mundo.

Mientras que sobre la representación de la ciudad en el cine y las influencias reciprocas entre lenguaje arquitectónico y cinematográfico, existe una extensa bibliografía, sorprende descubrir la escasez de material existente sobre un género al que pertenecen un gran número de películas y en el que la ciudad tiene un papel central: el cine de catástrofes. El repertorio de medios de destrucción al que se recurre en ellas, va desde fenómenos naturales como terremotos, incendios y huracanes, hasta la aniquilación causada por la acción directa o indirecta del hombre, gracias a la utilización de dispositivos de destrucción o debido a hechos accidentales.

Las raíces de este filón, pueden hallarse en las primeras superproducciones italianas de inspiración histórica y religiosa de principios del siglo XX, un periodo en que se dedicaron enormes esfuerzos a reconstruir y volver a destruir ciudades históricas y desaparecidas: Troya, Pompeya, Cartago, la isla de la Atlántida. Cataclismos o tragedias reales que con gran dispendio de medios, retrataban con nostalgia las glorias del pasado. Es el caso de Cabiria (1914) de Giovanni Pastrone, o del declive del Imperio Romano en Gli ultimi giorni di Pompei, sujeto cinematográfico que se realizó en varias ocasiones a partir del 1908, desde la adaptación de Luigi Maggi, hasta la versión del 1959 de Mario Bonnard y Sergio Leone. Esta fascinación de los cineastas por la destrucción urbana que comenzó con los melodramas históricos italianos, acabarían conquistando Hollywood. Todavía hoy resulta sorprendente el esfuerzo técnico y material que representó la reconstrucción de los escenarios urbanos de películas como la de Pastrone, donde el mármol pulido de los palacios romanos era reproducido empleando planchas de vidrio, o donde a través de juegos de luces, se simulaban efectos atmosféricos e incendios como el que destruye la flota romana. Pero sin lugar a duda fue en Hollywood donde la representación técnica del desastre se perfeccionó gracias a la construcción de decorados destinados a ambientaciones de guerra y destrucción. Es el caso de la reconstrucción y posterior destrucción de las ciudades de Chicago, consumida por un incendio en Old Chicago (1938), San Francisco (1936) hecha añicos por un terremoto y Atlanta que volvió a quemarse en Gone With The Wind (1939) en una filmación que duró tres meses y para la cual fue necesario levantar diversas torres para las tomas desde el alto y 15.000 galones de aceite incendiable controlado con agua procedente de una complicada red de 25.000 tubos[1].

Los estudios de la RKO, que habían realizado King Kong y Citizen Kane, además de los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers, tuvieron que llegar a un nivel de especialización tan elevado en la construcción de los decorados que en 1943 el Chemical Warfare Corps, el cuerpo del ejercito norteamericano que se dedicaba a la guerra química, pidió su colaboración. El objeto del encargo recibido, fue la reconstrucción, según un proyecto de Eric Mendelshon, de una porción de la ciudad de Berlín en medio del desierto y a 140 Km de Salt Lake City[2]. Una ciudad falsa pero en casi todo fiel a la original, edificada por la Standard Oil siguiendo las indicaciones del arquitecto, donde las viviendas obreras fueron reconstruidas para probar la capacidad incendiaria del armamento norteamericano, cuidando en particular las cubiertas, y llegando a reproducir hasta el mobiliario y los tejidos de cortinas y sabanas empleados por las familias alemanas. Una ciudad destinada a ser constantemente destruida y reconstruida con el fin de mejorar el potencial devastador del armamento americano.

La destrucción urbana ha sido una constante de la historia del cine. Según sostenía Susan Sontang[3]: las películas de ciencia ficción no tratan de ciencia. Tratan de la catástrofe, que es uno de los temas más antiguos del arte. A lo largo de los años, el relato con desenlace catastrófico ha sido representado en una multitud impresionante de variaciones sobre los cánones propios del género. Una de sus características más interesante, es su capacidad de representar los miedos colectivos propios de cada época. De esta manera, si se escribiera una historia de la destrucción cinematográfica, sería posible recorrer las paranoias que han marcado la sociedad occidental. Un posible esbozo de este relato vería cómo las tensiones de la guerra fría acabaron representadas en las pantallas como invasiones extraterrestres en los años cincuenta y sesenta, el agotamiento de los recursos naturales y la crisis del petróleo produjo ambientaciones post-apocalípticas en los setenta y la explosión demográfica y el aumento de la criminalidad imaginaron las distopías urbanas de los años ochenta, con sus ciudades abandonadas o transformadas en cárceles.

Entre sus temas principales está la desconfianza hacia la ideología del progreso representada por la figura del mad doctor, cuyas investigaciones acaban en una amenaza para la humanidad. A partir de los años setenta, los aviones se transformaron en trampas mortales (Airport), los rascacielos se desmoronaban consumidos por las llamas (The Towering Inferno), terremotos y huracanes golpearon las ciudades de los EEUU (Terremoto) y Charlton Heston se convirtió en icono de la cinematografía post apocalíptica (The Omega Man, Planet of the Apes, Soylent Green). En los setenta se reelaboró y en parte se construyó, el repertorio narrativo que seguiría presente también en las adaptaciones de la producción contemporánea: las secuencias espectaculares de destrucción, las distintas respuestas humanas a las amenazas, el paralelismo entre acción exterior catastrófica y la acción interior de los personajes, la mediocre respuesta al peligro por parte de la sociedad como símbolo de su decadencia o debilidad.

A mediados de los noventa, este subgénero ha vuelto a la senda del éxito y las películas más taquilleras, han tratado de forma diferente el tema de la catástrofe. El objetivo más perseguido dentro de este afán destructor, han sido principalmente las ciudades. A causa del calentamiento global hemos visto caer una lluvia de granizos en el distrito de Chiyoda de Tokio, a Los Ángeles arrasada por los tornados y a un tsunami golpear Nueva York en The day after tomorrow (2004). También hemos podido disfrutar de la imagen inusual de las calles desiertas de las grandes metrópolis, despobladas a causa de los efectos de virus mortíferos en I Am Legend y 28 Weeks Later, o del planeta entero, abandonado a causa de la contaminación en Wall-e. La distopía (o anti-utopía), proyección futura de una sociedad indeseable, se ha convertido en un imaginario común con el cual pensamos el futuro. El paisaje contaminado de Blade Runner ha dejado sitio a visiones de la ciudad de Londres en estado de sitio de Children of men, a los paisajes post-apocalípticos de The Road y The Book of Eli, y al despertar de monstruos devoradores de ciudades como en Godzilla, Cloverfield y Skyline.

El gran espectáculo de la destrucción urbana. "DC PAPERS: revista de crítica y teoría de la arquitectura", Desembre 2011, núm. 21-22, p. 45-52



[1]Juan Antonio Ramírez, La arquitectura en el cine. Hollywood, la edad de oro, Alianza Forma, Madrid, 1993, pag. 127.

[2] Mike Davis, Ciudades muertas; ecología, catástrofe y revuelta, Traficantes de Sueños, 2007.

[3] Susan Sontang, La imaginación del desastre, en AA.VV., El cine de ciencia ficción. Explorando mundos, Valdemar, Madrid, 2008, pág. 21.

jueves, 22 de marzo de 2012

Acabo de enviar mis dos propuestas para la consulta vecinal organizada por la Assemblea Veïnal per a una Rambla democràtica.

Mañana (23 de marzo) se cierra el plazo para participar: http://laramblademocratica.wordpress.com/

Propuesta 1: cambio de usos de la Rambla

La causa principal del abandono por parte de la ciudadanía de la Rambla es su dedicación total al turismo de masa. Este espacio padece los problemas que afectan a todo el distrito y, como no es objeto aislado, su solución pasa por Ciutat Vella. Se propone para todo el distrito: moratoria de hoteles y pisos turísticos; plan de usos que defienda el comercio de proximidad y limite las actividades comerciales dirigidas exclusivamente a los turistas; revisión de todas las licencias comerciales para asegurar el respeto de la legalidad.

Propuesta 2: Rambla exclusivamente peatonal cada domingo y actos festivos

Se propone el cierre al tráfico de la Rambla cada domingo y la organización de actos públicos y festivos. Esta medida se realizaría a corto plazo para impulsar la reapropiación de parte de la ciudadanía, para que esta arteria vuelva a ser realmente un espacio público. A largo plazo la recuperación tendría que favorecer la mixicidad de usos, los comercios dirigidos también a los vecinos del barrio, la limitación del número de actividades turísticas.